La pandemia lo dejó sin fútbol y lo hizo administrativo. La historia de Pablo "Sopita" Aguilar

Pablo Aguilar, Sopita o el Pilo, quien ascendió a Primera con Sarmiento, se reinventó con la pandemia y hoy es una pieza fundamental en la empresa de un amigo. Así lo contó para Telesoldiario de San Juan, donde actualmente reside.

A los 90 minutos, los pulmones piden auxilio. Pero el lateral sigue corriendo para defender la ventaja. Es el sacrificio de los rústicos. Una pieza fundamental para el engranaje de un equipo. Esa disciplina hace que, probablemente, los defensores estén más preparados para las otras exigencias de la vida. Algo que los creativos, con su desfachatez, tal vez sufran cuando la realidad los pone a prueba.

Pablo Andrés Aguilar, el lateral derecho de 36 años, es “villamercedino” o “mercedino” y no “puntano” o “sanluiseño”. Hay un clásico similar a un Rosario versus Santa Fe entre la Ciudad de San Luis y Villa Mercedes. Y Pablo conoce muy bien eso, porque también vivió en Rosario, cuando jugó en Newell’s Old Boys.

La pandemia lo encontró en San Juan. Era parte del plantel de Sportivo Desamparados, después de haber cruzado de vereda de otro clásico. Aguilar está en la provincia junto a su familia desde hace casi 5 años, cuando firmó contrato con San Martín para jugar en Primera y después en la B.

Como muchos futbolistas, el villamercedino tuvo que repensar su futuro. Y lo hizo rápido. No esperó que el aislamiento le genere un caos emocional. Entonces se puso en contacto con su amigo Carlos Chirino, que ya le había ofrecido trabajar con él. Cuando habilitaron el regreso del sector de la construcción se puso el traje de administrativo en la empresa privada Pircons.

La carrera

De niño, Pablo se fue junto a su familia a vivir a Buenos Aires, porque Diego Aguilar (categoría 80), su hermano mayor, quedó en las inferiores de Boca. Era el sueño del pibe. Pero la vida dio un giro inesperado para los Aguilar. Pasaron los años y Diego quedó libre del Xeneize. A pesar de sus condiciones decidió colgar los botines.

“Diego era volante o enganche, era más creativo. Pero el más burro de los 3 hermanos terminó jugando”, se ríe. A él siempre le gustó el fútbol, pero no se imaginaba que su carrera iba a estar entre botines y pelotas de cuero en Primera División y en el ascenso argentino. Pablo es el más chico. Su otro hermano decidió estudiar abogacía.

“Yo empecé en la séptima de Chacarita”, recuerda, en diálogo con Telesol Diario. Fue pasando por las diferentes categorías hasta que se puso la pilcha del primer equipo del Funebrero.

Después jugó en Newell’s, Tiro Federal de Rosario, Defensa y Justicia y Sarmiento de Junín, antes de llegar a San Juan. Dice que no está retirado del fútbol y que hay una posibilidad de jugar el Torneo Regional Federal Amateur con Jorge Newbery, club de su ciudad natal. Pero no descarta volver al Puyutano si lo vuelven a llamar, tras haber culminado su contrato el 30 de junio.

En Villa Mercedes están sus padres, Ricardo y Graciela, que volvieron de Buenos Aires. También regresó, huyendo de la inseguridad (sufrió un asalto al llegar a su casa, ante sus dos nenas), su hermano Ricardo.

La oficina

“Este trabajo me da tranquilidad. Cuando llegó la pandemia no quise quedarse a ver qué iba a pasar, sino que me puse como objetivo seguir disfrutando de la provincia (le gusta la seguridad y el clima) y busqué un empleo”, cuenta.

Un amigo, con quien ya visitaba obras de construcción en sus ratos libres, le tendió una mano. Ahora entrena a las 8 y después de las 9 se va a la oficina. Desde ahí sale a hacer trámites. Es la mano derecha del dueño. Ahora el lateral recorre obras y resuelve pagos de impuestos. “Me gusta mucho lo que hago”, admite.

En Sarmiento pudo ascender a Primera División. En la foto con el Pity Martínez, en cancha de Huracán.

“Hoy ocupo el tiempo en este trabajo. La idea no era vivir pensando en el futuro. Había que seguir viviendo, no esperar el día a día. Tratar de que lo que uno hizo gracias al fútbol no se vaya en esta pandemia. Además quise cuidar a mi familia y no movernos de la provincia”, relata “Cafú”.

Su esposa, la rosarina Virginia Puñet, y sus hijos Sofía (6 años, juninense) y Felipe (2 años, sanjuanino) están contentos en San Juan. Pero no descartan tener una nueva vida en San Luis.

“Soy técnico recibido y estoy perfeccionándome un poco, para ver si empiezo entrenar a los más chicos cuando se active todo. Tengo muchas cosas en la cabeza”, asegura.

“Estoy en una edad en que la parte mas importante de mi carrera ya la hice. Y de un día para el otro te dicen que no podés salir de tu casa, se para el fútbol y te quedás con ganas de jugar”. Al nuevo oficinista hay algo que le quita el sueño: “No me quiero retirar por la pandemia”.



Fuente: Telesoldiario

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